Saturday, May 22, 2010
















Jean-Pierre

El sentido de la vista nos permite captar nuestro entorno por medio de la luz. Así, un objeto en un cuarto oscuro no será visto, aunque allí se encuentre.

La observación se liga al sentido de la vista. Ver y observar no es lo mismo, los diferencia un ingrediente fundamental.

Jean-Pierre Brion es un belga que vive en Panamá y anda observando nuestro país, armado de un equipo que le permite congelar sus observaciones y paradójicamente convertirlas en visiones a través de sus fotografías. Sí, Jean-Pierre camina los lugares urbanos y rurales tomando del entorno la imagen y narrando a través del silencio una historia. Avispado en su andar no pierde oportunidad de llenar de luz su lente y decirle a los continentes sobre todo lo que hay en nuestra tropicalidad, en nuestros indígenas, en nuestros bailes y raspaos colorados con leche condensada, en nuestros perros amarillos de hocico largo, en las calles de guayacanes y costas cercanas.

Asumo que el calor del istmo lo sedujo y lo mantiene conjugando verbos llenos de humedad. Ese estado lo induce a llegar a la diferencia en el observar, a encuadrar con criterio de diseñador su entorno, valioso y necesario, para crear un diálogo unipersonal que luego muestra en el lenguaje del arte.

Recientemente Jean-Pierre expuso una muestra de su trabajo en la Alianza Francesa de Panamá, un collage de momentos y lugares con un sabor sencillo y títulos amenos que guindaban de las paredes como ventanas a mundos narrados. El trabajo gráfico es muy bueno. Su exigencia y criterio lo lleva a la armonía del color o de los grises y la suspicacia de captar el momento es evidente. Lo dijimos ya, ver y observar no es lo mismo y en esa diferencia encontramos también el resultado. Agudizar, sensibilizarse y dejarse alcanzar antes del contacto es necesario, eso solo se consigue fuera de los libros y eso mismo podrá transmitirse en una imagen, aunque estática, pero llena en toda su expresión.

He tenido la oportunidad de ver sus muchas fotografías, gigas que almacenan luz transformada en misterios digitales que se revelan ante las mentes y los conceptos, y lo más importante, conversar sobre lo que está fuera del registro, ese espacio que se completa fuera del marco y la viñeta, oportuno al intercambio de ideas.

Esperamos tener más exposiciones de su extenso trabajo, de esa integración intercultural, necesaria.

Saturday, May 15, 2010




Rascando el cielo


Un día fui al edificio Century Tower en la Tumba Muerto, frente al ex-gimnasio Kelly's fitness, a una diligencia en el piso 6. Al entrar al vestíbulo me recibió una fila de personas que esperaban para firmar un libro en donde se anotaba el nombre, número de cédula, motivo de la visita, oficina, y hora de entrada y salida. El seguridad comparaba los datos contra un documento de identificación personal que te devolvía inmediatamente. Después de este requisito podía uno pasar al interior del gran edificio de ventanas verdes.

Media hora después, terminada mi tarea, bajaba por las escaleras evitando la demora de los ascensores. Me sorprendí al ver que el espacio era bastante reducido, no ví lámparas de emergencia (de esas que se encienden cuando falla la electricidad) y el acabado de los escalones era irregular, no por ser de cemento, sino por las pegotes y excesos que no quitaron cuando los hicieron. Mientras bajaba pensé en cuánta gente podía contener esta salida en una emergencia. Hombres y mujeres en estampida, en una chuta estrecha, sin iluminación (tampoco hay acceso a ventanas), asustados, con escalones extraños y suponiendo que alguien, huyendo desde un piso abriera una puerta, tropezaría con el tropel de aterrados ocupantes intentando salir. No quise pensar en que las escaleras se llenaran de humo porque sería compararlo con un hormiguero taponado con fuego, y las personas no son hormigas, las personas piensan y planifican razonadamente las cosas.

Cuando llegué nuevamente al lobby (se oye más chic) de piso brillante y gente encorbatada, me acerqué al seguridad con su libro de visitas, el hombre con un gesto incómodo me preguntó qué quería, le contesté tranquilamente que iba a anotarme en la columna que dice "hora de salida" porque en efecto yo estaba saliendo, al tipo no le gustó y a mí no me importó. Pude ver que esa columna nadie la llenaba, ¿sería que nadie había salido del edificio, o era (es) una puerta "al más allá"?


Conclusión: tenemos edificios hermosos, y entre más altos mejor para las postales, concursos y fotografías turísticas, pero hay otra realidad, la que vivieron muchas personas el 14 de mayo de 2010 en el edificio del Global Bank de calle 50.

Cito sus opiniones: (http://www.prensa.com/) / 15 de mayo.

Incluso, dijeron que la de ayer fue la segunda evacuación de este año –en febrero hubo otra– e indicaron que en pisos como el 14, 20, 28, 30 y 40 ni siquiera sonaron las alarmas.

“Al principio se fue la luz, me asomé al balcón y vi la humareda. Cuando salí al pasillo, vi a la gente que desalojaba. A mí nadie me avisó”, relató Amanda Dier, quien trabaja en el piso 12.

Una visitante, que no quiso dar su nombre, dijo que estaba en el piso 32 y allí tampoco sonó la alarma, y que entre ese piso y el E-10, primero de los estacionamientos, solo vio dos lámparas prendidas. Además, contó que en el piso 30 varios hombres tuvieron que romper la puerta de las escaleras para que la gente saliera, ya que no abría.

Sasha Stanziola, quien labora en el piso 30, aseguró que el edificio no tiene ningún plan de evacuación. “Me di cuenta por una persona de mantenimiento que bajó, y al regresar no la dejaron subir y me avisó por radio”, dijo.
Stanziola detalló que las escaleras de la torre son muy angostas y apenas caben dos personas por escalón. Asimismo, reiteró que las luces de emergencia no funcionaron en casi ningún piso.

Saturday, May 08, 2010




La carrera de vivir y vivir la carrera


Mi prima Margaret está en los 40 años. Es alta, delgada y en apariencia bastante callada hasta cuando la "picas" y te das cuenta que en realidad es una buena conversadora. Con el tiempo he aprendido que los silencios también son parte de las conversaciones amenas.

Resulta ser que Margaret es corredora, no de carros, ni de aduanas, sino de piernas y zancadas. Un día me encontré con un artículo en el periódico que comentaba sobre una maratón (ultramaratón) de 50 millas, unos 80.4 kilómetros, que se realizó en California, en la que participaron varios panameños, entre ellos Margaret. Su posición de llegada final fue la 428 y su tiempo 13 horas con 22 minutos.

Esa noche, los últimos pensamientos del día merodeaban esas 13 horas y 22 minutos. ¿Cómo hace uno para correr tantas horas seguidas? O sea, desde que había leído la noticia hasta la hora de acostarme todavía no habían transcurrido las trece horas. Visto de otra manera, primero llegaba un bus que saliera de Panamá rumbo a Chiriquí y quedaba tiempo para tomarse unas pintas.

Afortunadamente pocos días después pude conversar con Margaret y le pregunté cómo podía aguantar tanto. Me contestó lo que esperaba, entrenamiento, alimentación adecuada, horas de sueño y un etcétera lógico hasta que fue contando lo que sucede más allá de la "barrera del dolor", cuando la mente llega a algo así como un piloto automático y donde el yo controlador consciente queda atrás dando espacio a un yo que funciona con la fortaleza exclusiva de la voluntad. Esa transición, a mi ver, de conciencias, se da en el marco del intenso esfuerzo físico, donde los valores químicos del organismo sufren cambios, el ritmo cardíaco, la oxigenación celular y una serie de acontecimientos fisiológicos caen como en una especie de agonía que despierta ese segundo corredor que toma posesión en lo intangible del concepto voluntad y lo transforma en una realización comprobable, es decir, como se diría en buen panameño, de huevo a huevo. Me imagino que si le hubieran aumentado tres kilómetros más a la carrera, ese cuerpo hubiera llegado a la meta aunque sea gateando.

Sonará ilógico, pero creo que en tanto esfuerzo físico y mental también hay un descanso cuando necesariamente se abandonan todos los lastres que recargan la mente para poder alcanzar lo deseado. De ahí la satisfacción enorme que me comentó Margaret de lograr recorrer los 80.4 kilómetros, pues el reto principal era con ella.

Monday, May 03, 2010

CLICK AQUI... Vídeo corto de presentación de David Róbinson
en Confesiones de un poeta en una ciudad que odia.



“Confesiones de un poeta en una ciudad que odia”
Autor: David Róbinson

El libro “Confesiones de un poeta en una ciudad que odia” es ácido. Es un texto sin rodeos, directo, sin metáforas ni complacencias. Trata estrictamente del amor.
Róbinson escribió con los puños una pelea con el plural que terminó en singular, sea yo, tú o él.

¿Quién se confiesa?, ¿quién odia?
Como biólogo, David parte de la célula social, la familia. Joaquín, el protagonista, sufre la ausencia del amor, de ese mismo amor que se usa como excusa para fornicar en pensiones y para sobar la entrepierna de chiquillos. Afortunadamente existe la televisión porque nos mantiene estúpidos y tan necesariamente cambiables como para sobrevivir en un mundo de constante movimiento. No importa la ausencia del amor como esencia, de eso se encargarán los organismos internacionales cuando lean las confesiones de sus sociedades e inventen rápido una y otra conferencia mundial contra lo que sea, con tal de justificar que hay países del primer mundo y otros del tercer mundo, aunque todos estén dentro del mismo mundo.

¿El poeta odia a la ciudad? ¿Hay que ser poeta para confesarse?
Joaquín. ¿Quién es Joaquín? Marcos Ponce en la presentación del libro dio un enfoque universal al contenido. Habló de la sociedad y la pobreza material, de los niños en su generalidad sufrida y de la gente que es igual en todos lados, aunque intenten ocultarse con inútiles manos. Mencionó los colores y los destaques que el autor logra en esta confesión, multitudinaria, que se hace en las calles a falta de confesionarios o de oídos y ojos que oigan y vean.

¿Qué es lo que confieso… el odio o el amor?
Este libro está lleno de imágenes con voces altas que te obligan a detener la lectura, y después de terminarlo, odiarás, amarás tanto como para confesarlo.


jairo llauradó
mayo 2010