Casi cuarenta años después regresa (de Italia a Panamá) el veragüense Aristídes
Ureña Ramos y ha ubicado su residencia en Albrook. Desde allí, como punto de fuga, plantea su
visión a través de un conjunto de pinturas que muestran su gráfico mental, la
distancia achicada, el cambio en la caja de transmisión que da marcha a una
expresión compuesta de elementos diversos que personalizan su nuevo encuentro
llamado “Creole Albrook”.
Ureña Ramos, en Creole
Albrook, me parece que sufre un nacimiento inverso. No sé si en su largo despacho en Europa tuvo
retornos físicos a Panamá. De no ser
así, al volver muy probablemente vivió choques físico-químicos, como cuando un objeto
del espacio sideral atraviesa las capas de la atmósfera para impactar en suelo
terrestre. Esta aventura de riesgos
insospechados puede, probablemente, seguir haciendo que Aristídes produzca
nuevos cantares alrededor del retorno compuesto.
La mezcla de consecuencias trípticas, retablos,
prehispanidad, degradaciones, selva, decantaciones en bocas aguadas, elementos
interpretados del consumismo, la figura humana atendida mayormente en líneas, y
la presencia del propio autor dimensionado más allá del género, me conduce a
pensar que el pintor está deseoso de comunicación, de conversar con ese
paréntesis de ausencia. Azules añilozos, amarillos y rojizos de trópico, ángeles, ríos, gente del campo, tradiciones (quizá de San Francisco de la Montaña, universalizada en la Sixtina), acontecer en acrílico.
Un vídeo se suma a las pinturas como parte de la exposición. Inicia con café y un hilo retomado, el de la (antigua)
presencia gringa, como dando indicios de algo inconcluso. También muestra al Ureña en rutina sencilla,
sin malabarismos ni idealizaciones sacras, un tipo de carne y hueso que absorbe
y transmite. Aporta la opinión de
Orestes Nieto, como voz que suma los ángulos adyacentes en el
horizonte Creole.
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Detalles de sus pinturas |
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